Más de cien millones de personas pueden morir de hambre

2 Abril 2019

Por tercer año consecutivo, más de cien millones de personas sufrían la forma más grave de hambre, según datos relativos a 2018. Además, otros 143 millones de personas en el mundo estaban a un paso de ese destino. El clima y los desastres naturales condujeron a 29 millones de personas a esta situación. En América Latina, 4,2 millones de personas no tienen qué comer. El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua, los países que forman el llamado corredor seco, albergan 1,6 millones.

El Informe mundial sobre las crisis alimentarias 2019, presentado este martes conjuntamente por la Unión Europea, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura y el Programa Mundial de Alimentos, concluye que “alrededor de 113 millones de personas en 53 países experimentaron  inseguridad alimentaria aguda en 2018”.

Técnicamente, el término “inseguridad alimentaria aguda” se produce cuando “la incapacidad de una persona para consumir alimentos adecuados pone en peligro inmediato su vida o sus medios de subsistencia. Se basa en medidas internacionalmente aceptadas de hambre extrema, como la Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria en Fases y el Cadre Harmonisé.

Aunque la cifra de 113 millones es ligeramente inferior a los 124 millones que se registraron en 2017, se trata del tercer año consecutivo que esta categoría máxima de la crisis alimentaria se sitúa por encima de los cien millones de personas y los altos niveles de desnutrición aguda en los niños que viven en situaciones de emergencia “continúa siendo de grave preocupación”, señala el informe.

Además, otros 142 millones en todo el mundo están en la antesala de igual destino. En total, 821 millones de personas sufrían hambre de forma crónica en 2018.

Algo que necesitamos que hagan también los dirigentes mundiales es que estén a la altura de las circunstancias y ayudar a resolver estos conflictos, ahora mismo.

El ligero descenso registrado en 2018 se vincula al cambio en el clima, ya que pese a que un número alto de países no experimentó la intensidad de los fenómenos meteorológicos relacionados con El Niño que se registraron en 2017, 29 millones de personas padecieron el hambre aguda debido a las condiciones climáticas adversas.

Ocho países, los más afectados

No obstante, las guerras son la principal causa del hambre extrema.

Dos tercios de las personas que padecen hambre aguda viven en 21 países donde se desarrolla un conflicto armado, aunque casi la mayoría se concentran en sólo ocho naciones: Afganistán, Etiopía, Nigeria, República Democrática del Congo, Sudán del Sur, Sudán, Siria y Yemen. En otros 17 países, el hambre aguda se mantuvo igual o aumentó.

Por regiones, la más afectada es África, ya que más de la mitad de las personas que padecen hambre aguda se encuentran en 33 países africanos.  

A los conflictos, los desastres naturales y el cambio climático se añade la situación económica como una de las principales causas del hambre aguda. Las crisis económicas condujeron a esta situación a 10,2 millones de personas, principalmente en Burundi, Sudán del Sur y Zimbabwe.

América Latina, un riesgo creciente

Solo un cuatro por ciento de las personas que sufren hambre aguda, unos 4,2 millones, se encuentra en América Latina. Sin embargo, el informe advierte que la región tiene un alto número de personas, 5,6 millones, en siete países, que han entrado en la fase dos de la inseguridad alimentaria, en la que los hogares tienen un consumo mínimo adecuado de comida, pero no pueden asumir otros gastos sin poner su alimentación en peligro.

Estas poblaciones requieren apoyo para reducir los riesgos de desastres y proteger sus medios de vida.

“Estas poblaciones requieren apoyo para reducir los riesgos de desastres y proteger sus medios de vida, y para evitar que sigan deslizándose hacia niveles más severos de inseguridad alimentaria aguda cuando se produzcan crisis debidas al clima o la economía”, destaca el reporte.

De los 4,2 millones cuya vida está peligro, más de la mitad están en Haití y 1,6 millones en el llamado corredor seco de América Central, integrado por El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua. El resto son 400.000 migrantes y refugiados venezolanos repartidos por América del Sur.

El informe no incluye cifras de Venezuela porque no hay datos oficiales recientes, pero sí señala que se espera que en 2019 el número los que abandonan el país siga aumentando si persiste la crisis política y económica.

También se espera que el fenómeno “El Niño” impacte en la agricultura y el precio de los alimentos en Latinoamérica y el Caribe.

Medidas para eliminar el hambre

Las conclusiones del informe suponen un llamamiento enérgico a reforzar la  cooperación para vincular la prevención, la preparación y la respuesta para abordar las necesidades humanitarias urgentes y las causas profundas del hambre, entre las que se incluyen el cambio climático, crisis económicas, conflictos y desplazamientos de población.

Como dijo el comisario europeo de Cooperación Internacional y Desarrollo, Neven Mimica, al presentar el informe, “la inseguridad alimentaria sigue siendo un reto global” y “subraya la necesidad de fortalecer la cooperación” entre el personal dedicado a la ayuda humanitaria, quienes se dedican al desarrollo sostenible y los que trabajan en favor de la paz “para revertir y prevenir las crisis alimentarias”.  

Ese es el motivo, explicó, por el que la Unión Europea habrá destinado, entre 2014 y 2020, cerca de 9000 millones de euros a iniciativas sobre seguridad alimentaria y nutricional y agricultura sostenible en más de 60 países.

“Y algo que necesitamos que hagan también los dirigentes mundiales es que estén a la altura de las circunstancias y ayudar a resolver estos conflictos, ahora mismo”, añadió el director ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos, David Beasley.

El director general de la Organización para la Alimentación y la Agricultura, José Graziano Da Silva, coincidió en que “se debe actuar a gran escala, vinculando el desarrollo humanitario y la paz para aumentar la resiliencia de las poblaciones vulnerables afectadas. Para salvar vidas, tenemos también que salvaguardar los medios de subsistencia”.

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