25 Junio 2020

El aumento del desempleo y la reducción de oportunidades causadas por la pandemia pueden afectar desproporcionadamente a los más pobres, haciéndolos más vulnerables al uso de drogas y también al tráfico y el cultivo de drogas para ganar dinero. El coronavirus también ha provocado una escasez de opioides, lo que a su vez puede hacer que las personas busquen sustancias más fácilmente disponibles y más peligrosas.

Más de 35 millones de personas en todo el mundo padecen trastornos por consumo de drogas, y la pandemia amenaza con agravar aún más los peligros de estas sustancias, advierte un nuevo informe de la Oficina de las Naciones Unidas para la Droga y el Delito.

El documento que se publica anualmente afirma que en 2018 unos 269 millones de personas consumieron drogas a nivel mundial, un aumento del 30% en diez años. 

Según la Oficina, el aumento del desempleo y la reducción de oportunidades causadas por la pandemia pueden afectar desproporcionadamente a los más pobres, haciéndolos más vulnerables al uso de drogas y también al tráfico y el cultivo de drogas para ganar dinero.

“Los grupos vulnerables y marginados, los jóvenes, las mujeres y los pobres pagan el precio del problema mundial de las drogas. La crisis del COVID-19 y la recesión económica amenazan con agravar aún más los peligros de las drogas, cuando nuestros sistemas sociales y de salud han sido llevados al límite y nuestras sociedades están luchando para hacer frente”, dijo la directora ejecutiva de UNODC, Ghada Waly. “

El Informe recalca que, si los gobiernos reaccionan de la misma manera que lo hicieron ante la crisis económica en 2008, cuando redujeron los presupuestos relacionados con las drogas, entonces intervenciones como la prevención de su consumo, los servicios de tratamiento de drogas, la provisión de naloxona para el manejo y la reversión de la sobredosis de opioides podrían ser muy afectados.

Además, las operaciones de cooperación internacional también pueden ser menos prioritarias, lo que facilita la operación de los traficantes.

“Necesitamos que todos los gobiernos muestren una mayor solidaridad y brinden apoyo, sobre todo a los países en desarrollo, para abordar el tráfico ilícito de drogas y ofrecer servicios basados en evidencia para los trastornos por consumo de drogas y enfermedades relacionadas, para que podamos alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible, promover la justicia y no dejes a nadie atrás", agregó Waly.

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UNICEF/Giacomo Pirozzi
Un muchacho de 19 años se sienta en su cama en un refugio para niños que viven o trabajan en las calles, en Odessa, Ucrania. El joven consume de drogas y tiene VIH, pero no tiene acceso a medicamentos antirretrovirales.

La interrupción de las rutas

El informe también analiza el impacto de COVID-19 en los mercados de drogas, y aunque sus efectos aún no se conocen por completo, las restricciones fronterizas y de otro tipo relacionadas con la pandemia ya han causado escasez de drogas en la calle, lo que ha provocado un aumento de los precios y una reducción de la pureza.

Los traficantes pueden tener que encontrar nuevas rutas y métodos, y las actividades de tráfico a través del “dark web” y los envíos por correo pueden aumentar, a pesar de la interrupción de la cadena de suministro postal internacional.

La pandemia también ha provocado una escasez de opioides, lo que a su vez puede hacer que las personas busquen sustancias más fácilmente disponibles como el alcohol, los benzodiacepinas o la mezcla con drogas sintéticas. La Oficina alerta que en consecuencia pueden surgir patrones de uso más dañinos a medida que algunos usuarios pueden decidir comenzar a inyectarse, o inyectarse más seguido.

Noticias ONU/Alexandre Soares
Expertos examinan un cargamento de cocaína en Guinea-Bissau.

Tendencias en el consumo de drogas.

El cannabis fue la sustancia más consumida en todo el mundo en 2018, con un estimado de 192 millones de personas. Sin embargo, los opioides siguen siendo los más dañinos, ya que, en la última década, el número total de muertes por trastornos por su uso aumentó en un 71%, con un aumento del 92% entre las mujeres en comparación con el 63% entre los hombres.

El consumo de drogas aumentó mucho más rápidamente entre los países en desarrollo durante el período 2000-2018 que en los países desarrollados. Los adolescentes y los adultos jóvenes representan la mayor parte de los que usan drogas, mientras que los jóvenes también son los más vulnerables a los efectos de las drogas porque usan más y sus cerebros aún se están desarrollando.

Si bien el impacto de las leyes que han legalizado el cannabis en algunas jurisdicciones aún es difícil de evaluar, es notable que su uso ha aumentado en estos lugares después de la legalización, asegura el informe. Además, los productos de cannabis más potentes también son más comunes en el mercado.

El cannabis también sigue siendo la droga principal que pone a las personas dentro del sistema de justicia penal, representando más de la mitad de los casos de delitos de drogas, según datos de 69 países que cubren el período entre 2014 y 2018.

Los desfavorecidos socioeconómicamente enfrentan un mayor riesgo de trastornos por consumo de drogas. La pobreza, la educación limitada y la marginación social siguen siendo factores importantes en este flagelo y los grupos vulnerables y marginados también pueden enfrentar barreras para obtener servicios de tratamiento debido a la discriminación y el estigma.

Archivo UNICEF/Olivier Asselin
Una paciente muestra sus medicamentos.

Escasez de medicamentos

El informe también señala que los países de bajos ingresos aún sufren una escasez crítica de opioides farmacéuticos para el tratamiento del dolor y los cuidados paliativos.

En 2018, más del 90% de todos los opioides farmacéuticos disponibles para el consumo médico se encontraban en países de altos ingresos que comprenden alrededor del 12% de la población mundial. En los países de ingresos bajos y medios que comprenden el 88% de la población mundial se consume menos del 10% de los opioides farmacéuticos.

El acceso a los opioides farmacéuticos depende de varios factores, entre ellos la legislación, la cultura, los sistemas de salud y las prácticas de prescripción, explica la UNODC.

 

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