Refugiados con mucho que aportar

2 Enero 2019

Karla Torres y su familia tuvieron que dejarlo todo cuando les llegó un mensaje diciendo que las pandillas, que constantemente extorsionan a los salvadoreños, querían 10.000 dólares a cambio de la vida de su marido, la de sus suegros y la de una tía. “Sabían cómo la tía caminaba, por donde caminaba y con quién caminaba y dijeron que ella era la que traía a mis hijos en el carro”.

 

A Karla Torres, madre y esposa salvadoreña ahora refugiada en Costa Rica, le cuesta recordar su historia, pero no es una cuestión de memoria, sino de dolor.

Mi vida era muy feliz en El Salvador, yo no me podía quejar de las bendiciones que Dios me había dado en mi país. Tenía casa propia, tenía un vehículo, teníamos motos, teníamos un local en el mercado de venta de jugos y reparación de celulares”.

Sus dos hijas y su hijo estudiaban y ella trabajaba en su negocio propio. Su esposo también tenía un empleo fijo. Pero tuvieron que dejarlo todo cuando les llegó un mensaje diciendo que las pandillas, que constantemente extorsionan a los salvadoreños, querían 10.000 dólares a cambio de la vida de su marido, la de sus suegros y la de una tía.

“Sabían cómo la tía caminaba, por donde caminaba y con quién caminaba y dijeron que ella era la que traía a mis hijos en el carro”.

Karla cuenta cómo ella y su familia intentaron continuar con su vida normal e ignorar la amenaza, pero poco después se dio cuenta de que su hijo adolescente corría peligro.

“A la semana me llega a mí un muchacho que hace parte de las mismas pandillas y me dijo que tuviera cuidado porque se querían llevar al niño porque ya tenía catorce años y lo querían involucrar en las pandillas, y que, aunque yo no lo permitiera se lo iban a llevar.”

Karla dice que tuvo la suerte de que le advirtiera este joven, al que en el pasado había dado comida y ayudado. Su vida estaba en peligro por avisarla, por eso le pidió que no dijera nada, y que se fuera de inmediato.

Tras huir de El Salvador, Karla ahora vende pupusas, el platillo nacional de su país, tortillas de maíz rellenas y hechas a mano. Pero ella no aprendió a hacerlas en El Salvador, sino en Costa Rica, por pura necesidad.

Es una de las beneficiadas del Programa Vivir la Integración,  que nació en el año 2013 de una alianza público-privada que promueve la inserción de las personas refugiadas en mercado laboral, y a través de esto, su integración en la sociedad costarricense.

Lee la historia completa.

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