Tras una infancia truncada, agarraron su segunda oportunidad

13 Abril 2018

Omar y Diego no tuvieron una niñez feliz. En Ecuador, Omar quedó huérfano con 11 años. En Colombia, Diego vio cómo su madre tuvo que emigrar y se refugió en el alcohol. Ambos vivieron con familias de acogida y lograron reconstruir su vida gracias a programas de apoyo que ahora reclaman para otros jóvenes vulnerables.

La infancia de Omar tiene un antes y un después del viernes 7 de noviembre de 2003.

Omar vivía con su madre y su hermana en Portoviejo, Ecuador. Su padre se marchó cuando él tenía cuatro años.  “Ella fue padre y madre para nosotros y por motivos de trabajo y sacrificios enfermó”, recuerda.

Enfermó de cáncer. Cuando estaba en fase terminal, no encontró nadie de la familia que pudiera hacerse cargo de los niños. Dejó a sus hijos en Aldeas Infantiles SOS en Portoviejo y falleció a los tres días. “Quedó tranquila del lugar donde habíamos llegado. Vinimos un viernes 7 de noviembre de 2003 y el domingo 9 ella falleció”.

Desde ese día, Omar y su hermana pasaron a vivir en “la aldea”, como ellos la llaman, con una madre de acogida que tenía a su cargo otros niños. “Le decimos con cariño tía. Ella nos cuidaba, nos hacía la comida, veía por nuestra salud, básicamente lo que es una mamá”, dice Omar que vivió en esa familia de muchos hermanos hasta los 18 años, cuando se marchó con la idea de estudiar en la universidad.

Pero una vez más sus planes cambiaron. “Mi novia quedó embarazada. Los estudios tuvieron que esperar un tiempo y tuve que trabajar".

Con la ayuda de Aldeas Infantiles SOS consiguió un trabajo como operador de cámara en Manavisión, un canal de televisión local. Salir del refugio que suponía la “aldea” no fue fácil y al principio le costó vencer su timidez. “Por todo lo que vivimos antes, la aldea busca darnos algo mejor. Cuando salimos el mundo real es distinto y a veces se complica. Gracias a dios no me he dejado vencer”, relata.

Creo que lo que me pasó, lastimosamente, me ayudó a ser mejor padre

Descubrió que los medios de comunicación le apasionaban y decidió estudiar periodismo. “No estaba muy seguro en mi adolescencia de que quería estudiar. Era bueno en matemáticas y me empecé a inclinar por esa parte. Pero cuando empecé a trabajar en un medio de comunicación, me enamoré del periodismo y espero poder ser un periodista con credibilidad”, cuenta.  

Omar ha podido compatibilizar el trabajo, los estudios y la familia. Hoy tiene tres hijos: el mayor, Damián, tiene 8 años; Zaida tiene 3 años y Leticia que va a cumplir 8 meses.

“He tratado todos los días de ser una buena persona, de criar con el ejemplo. Creo que lo que me pasó, lastimosamente, me ayudó a ser mejor padre”, explica.

Ahora quiere terminar la carrera de periodismo y seguir trabajando en televisión. Cree que, para chicos como él, que no han tenido una infancia fácil, lo importante es no darse por vencidos. “Lastimosamente no tenemos ese padre, esa madre que esté ahí, entonces nos toca a nosotros. Así nos tocó y nos toca perseverar por más difícil que sea, esforzarnos y no dejarnos llevar por el facilismo”.

“Robaba para alcoholizarme”

Diego sí tiene madre, pero también se separó de ella cuando era tan solo un niño. Su madre se tuvo que marcharse de Medellín, en Colombia, a Costa Rica. Diego se quedó con su abuela y se consolaba con una botella de alcohol. “A los 8 años probé el alcohol fuerte y me acostumbré. Fui una vez borracho donde mi abuela, que me pegó, obviamente. Pero al día siguiente no me importó que me pegara y lo seguí haciendo”, relata.  

A los 8 años probé el alcohol fuerte y me acostumbré

Siendo un niño pequeño, no tenía dinero para comprar bebida, pero se las ingenió para conseguirlo. “A los 11 robé una tienda para divertirme con mis amigos y pasarla bien. Usé mucho el robo, hacia mi familia más bien para poder alcoholizarme”, dice.

Su madre regresó a por él cuando tenía 12 años y lo llevó a Costa Rica. En su nueva escuela lo devolvieron a tercer grado. La situación sólo fue a peor. “Seguí en la misma historia, peor porque había otros licores que quería probar. Me escapaba de la escuela. Llegaba a las tres de la mañana ebrio a mi casa y mi mamá solamente me pegaba porque no encontraba la manera de controlarme, recuerda.

A los 15 años se cansó de estudiar y salió de la escuela. Su madre conoció la Fundación Rahab y le convenció para que fuera. “En la fundación duré 5 años y me rehabilitaron. Me ayudaron con el alcohol, con mis estudios, con ropa. La fundación me ayudó económicamente. Me dieron alimentación, más de una vez uniformes para el colegio. A veces no tenía el dinero para tareas del colegio o proyectos y la fundación me lo daba”, cuenta.

Cree que lo que le hizo finalmente cambiar fue el afecto y el tiempo que le dedicaron. “Mi mamá ha trabajado toda la vida para mantenernos a mis hermanos a mí y no ha tenido tiempo. No ha sido una mamá que te preguntara tienes tareas. Sentía que me hacía falta ese afecto”, explica. “La fundación era como padres y madres que se enfocaban en saber cómo estaba, en saber qué hacía, en cuidarme, alimentarme. Me dio el afecto, el cariño, el amor. Nos decían venga a nosotros y nosotros le vamos a cuidar como se debe”.

A los 18 años entró a formar parte del proyecto de empleo de Aldeas Infantiles que tiene convenios con varias empresas internacionales. A Diego le tocó la alemana DHL, donde hizo una pasantía. Después de 6 meses, le contrataron. Ahora piensa en devolver la ayuda que recibió. “Con la donación que yo doy a Aldeas y la Fundación Rahab, una pequeña parte de mí le va a servir a otros jóvenes para salir adelante”, cuenta Diego, que viajó a Nueva York para participar en un debate sobre empleo decente para jóvenes en riesgo de exclusión social, organizado durante el Foro De Alianzas de ECOSOC.

Diego ahora está estudiando inglés para poder seguir avanzando en la empresa. La etapa de las borracheras y los robos ha quedado atrás. “No le deseo eso a nadie. Muchos jóvenes han tenido historias peores que la mía, pero sé que si se esfuerzan pueden avanzar”, opina. “El problema es sentirse incómodo donde tal vez lo ayudan a uno por obligación. El motivo para que el joven se quede es darle la mano, seguir diciéndole que vaya adelante, que no pare y siga”.