14 Marzo 2018

Llegaron a Turquía con la idea de que se trataba de una situación temporal. La violencia interrupió  sus estudios y hasta se llevó la vida de sus seres queridos. Siete años después, la guerra en Siria no termina y aunque todavía añoran su país, luchan por integrarse cada vez más en su comunidad de acogida, aprendiendo el idioma, accediendo a empleos y compartiendo con otros jóvenes como ellos.

 

Zeynep Masri era estudiante de primer año de economía en la Universidad de Aleppo, en Siria, cuando tuvo que salir huyendo con su familia hacia Turquía.

“Bombardearon nuestra casa y nosotros estábamos dentro", recuerda Zeynep. "Fue a finales de 2012, en octubre".

¨Dayım şehit", dice la joven en perfecto turco, significa "Mi tío fue martirizado". "A mi hermano lo hirieron pero gracias a Dios ahora está bien", agrega.

Bombardearon nuestra casa y nosotros estábamos dentro. Mi tío fue martirizado.

Pero esas bombas y horrores no se han llevado sus sueños y sus deseos de vivir plenamente. Cinco años después, ha logrado continuar con sus estudios, en un nuevo país, en un nuevo idioma y una nueva universidad.

Zeynep vive en el pueblo de Narlica, en Antkta, en la provincia de Hatay, y atiende a la Universidad Mustafa Kemal.“Fue difícil, porque antes todo el mundo hablaba árabe, pero como allí tengo que hablar inglés o turco es más complicado”, dice.

La joven aprendió turco durante un curso de seis meses en el campamento para refugiados de Altinözü , ubicado en la frontera con Siria, muy cerca de Idlib, su provincia natal.

Zeynep forma parte de los más de tres millones de refugiados Sirios que ahora viven en Turquía, el 90 % vive fuera de campamentos y está inmerso en diversas comunidades de acogida, según datos recabados por las distintas agencias de la ONU. El otro 10 % está repartido en veintidós albergues a lo largo de los ochocientos kilómetros de frontera que comparten ambos países.

Vivir en un contenedor

Leys Talip, de 21 años, también originario de Idlib, comparte una historia similar. “Nos fuimos de Siria hace cinco años; la situación era caótica: guerra, todo el mundo peleándose. Así que nos marchamos y vinimos a Turquía”.

A pesar del tiempo que llevan en el país, Leys y su familia todavía no tienen un hogar propio. “Desde que llegamos a Turquía llegamos a un campamento de refugiados y todavía estamos allí. Vivimos en un contenedor”.

El joven, que dejó Idlib cuando estaba en secundaria y aún vive en el campamento de Öncüpınar, dice haber aprendido turco en siete meses, después de asistir a un curso en la Universidad de Ankara. Ahora estudia la carrera de Filología y Literatura Turca en la Universidad de Killis.

Pese a su situación, Leys tiene los mismos sueños que muchos otros jóvenes en el mundo, y mantiene la esperanza de regresar a su país.

“Después de graduarme en Filología y Literatura Turca, me gustaría hacer un máster, incluso una tesis doctoral, y luego convertirme en académico. Espero que cuando termine la guerra pueda  trabajar como experto en algún departamento de lenguas”.

La integración de los refugiados sirios en la sociedad turca

El éxodo de sirios en Turquía ha afectado significativamente a los mercados laborales nacionales y locales, y creado una demanda adicional en los servicios municipales y un mayor riesgo de tensiones sociales en las comunidades.

El idioma es uno de los mayores obstáculos que enfrentan los refugiados sirios en Turquía para adaptarse y conseguir un trabajo, explica Faik Uyanik, representante del Programa de la ONU para el Desarrollo en ese país, que desde el 2014, trabaja apoyando la integración de estas personas.

“Lo que queremos es empoderarlos económicamente. El mayor problema que tenemos es que puedan aprender a hablar en turco, conseguir un empleo y adaptarse a la sociedad”, dice Uyanik.

Los refugiados sirios se encuentran principalmente en la región de Anatolia Suroriental, que limita con Siria, pero la población se está expandiendo a otras regiones.

Cuando los miras a la cara, parecen felices, pero cuando escuchas sus historias, puedes imaginar lo difícil que es venir aquí después del trauma y adaptarse a la sociedad.

“Cuando hablas con ellos en turco, cuando escuchas a una persona decir “nuestro hogar fue bombardeado y perdí a muchos familiares, perdí a mi familia y tuve que huir a Turquía con mi tío”, cuando escuchas esto en tu idioma es muy impactante y se nota que estas personas tienen muchas esperanzas. Cuando los miras a la cara, parecen felices, pero cuando escuchas sus historias, puedes imaginar lo difícil que es venir aquí después del trauma y adaptarte a la sociedad”, asegura el representante de este Programa.

Turquía ha brindado un apoyo ejemplar a los refugiados sirios, entre otros, proporcionándoles el estatuto de "protección temporal", que les permite acceder a los servicios básicos, incluidos la salud, la educación y el derecho al trabajo.

“Hace poco que tengo la nacionalidad. Turquía se la concede a profesores, ingenieros y médicos. Mi padre es profesor, así que cuando se la dieron, yo también la conseguí”, cuenta Leys.

“Tengo el permiso de residencia. Mi padre solicitó la nacionalidad, pero seguimos esperando. Así que no la hemos conseguido todavía”, asegura Zeynep.

Un campamento que levanta las fronteras

Leys y Zeynep, además de su historia y nacionalidad, tienen otra cosa en común, su capacidad de adaptación e integración en la sociedad turca, uno de los mayores retos de los refugiados en este país.

Ambos asistieron a un campamento juvenil en Halfeti, realizado por el citado Programa de la ONU para el Desarrollo y sus donantes, en el que ciento treinta estudiantes sirios y turcos de seis universidades de cuatro ciudades en el este de Anatolia Suroriental se reunieron para hablar sobre su experiencia y los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

“El objetivo del campamento juvenil era reunir a universitarios sirios y turcos que estuviesen estudiando en estos lugares y me sorprendió ver lo rápido que los jóvenes se adaptaban a una nueva sociedad. La mayoría de los chicos vino de Siria hace dos años, pero ya hablan turco con fluidez. Es un gran progreso. Hablan sin acento. Lo que me pareció más llamativo fue ver cómo se adaptaban y comunicaban entre ellos como si se conociesen desde hacía años”, dice Uyanik.

Los campamentos tienen una duración de ocho días y proporcionan a los jóvenes estudios de gestión de proyectos. También les permite desarrollar ideas para mejorar la cohesión social entre los refugiados sirios y sus comunidades de acogida.

De esta forma, sirios y turcos aprenden los unos de los otros, de sus costumbres y su cultura. A través de juegos y bailes, levantan las fronteras.

“Cuando escuché que el evento iba a acoger a estudiantes sirios y turcos, decidí unirme a esta experiencia”, cuenta Zeynep.  "Siento que nos hemos convertido en una familia y disipado las fronteras que nos separaban", afirma su compañero de Universidad, Mahmoud Kallo.

Siento que nos hemos convertido en una familia y disipado las fronteras que nos separaban.

A través del arte y en grupos mixtos, los jóvenes crearon dieciséis proyectos para contribuir a la agenda de desarrollo sostenible de la ONU.

“Es tan divertido, hacemos fogatas, tenemos un montón de actividades, lo que más me ha llamado la atención son sus bailes tradicionales. Lo hacen muy bien”, dice Ramize Tereci, de la Unviersidad Harran.

Ser parte del proceso de adaptación es motivo de orgullo. Todos los socios y donantes deberían venir a ver el proceso de cerca, para comprobar que su dinero se está gastando en los recursos lugares y objetivos correctos”, asegura Uyanik.

PNUD Turkey
Los jóvenes sirios y turcos realizaron varias actividades artísticas durante el campamento.

Invertir en las comunidades como estategia de integración

El aspecto clave de la estrategia del Programa de la ONU para el Desarrollo es invertir en los sistemas nacionales y locales existentes para garantizar que puedan atender adecuadamente tanto a las comunidades de acogida como a las de refugiados. Esto se complementa a través de iniciativas de apoyo a la cohesión social, el intercambio cultural y la solidaridad.

Estas actividades ayudan a la gente a convivir, por eso es que todas las iniciativas que hacemos están dirigidas tanto a las comunidades de acogida como a los grupos de refugiados” explica Claudio Tomasi, director del PNUD en Turquía.

La población adicional aumenta la competencia en el mercado laboral en las comunidades de acogida, por lo que los sirios trabajan principalmente en sectores informales.

Si bien el Reglamento de permisos de trabajo, aprobado recientemente, permite el acceso al mercado laboral para los sirios, aún es necesario aclarar en mayor profundidad los procedimientos y las capacidades para prestar dichos servicios. La mayoría de la población siria no tiene acceso a oportunidades formales de empleo e ingresos debido a la falta de conexión con las empresas locales y el desajuste de habilidades. Con eso en mente, además de los campamentos, el Programa para el Desarrollo realiza actividades de formación para jóvenes sirios y turcos, entre ellos el “Android Bootcamp”, donde los estudiantes aprenden durante siete meses sobre lenguajes de codificación para diseñar aplicaciones.

“Ellos quieren volver a su país y contribuir a su rehabilitación, pero no están tan seguros de poder hacerlo así que se están adaptando a su nuevo hogar donde por el momento forjarán su futuro. Esto no significa que estén olvidando su país, por lo general, y esto lo puedo generalizar fácilmente, sueñan con regresar a Siria una vez que se alcance la paz y contribuir a su futuro”, asegura Faik Uyanik.

Perder a los jóvenes que ahora viven en Turquía y otros países fronterizos significaría perder el futuro de Siria.

Este plan de la ONU para la integración de los siriotiene además otros programas de formación profesional y desarrollo en los sectores de agrícultura, manufactura y servicios. También ayuda a encontrar trabajo a los jóvenes de ambos países, organiza actividades de integración en centros comunitarios, fortalece los servicios municipales y entrega fondos para desarrollar pequeños proyectos de emprendedores.

Zeynep no se ha quedado atrás, además de estudiar en la universidad, ya ha conseguido trabajo y a la vez ayuda a su comunidad.

“Trabajo como traductora para una escuela, del árabe al turco. Como ahora los niños sirios van a la escuela en Turquía, hay problemas de comunicación. Así que yo les ayudo”, cuenta la joven, cuyo padre, ingeniero agrónomo, es ahora también el director de una escuelita en Hatay.

“Perder a los jóvenes que ahora viven en Turquía y otros países fronterizos significaría perder el futuro de Siria. Todos salimos ganando al invertir en estas personas y constituye una obligación para la comunidad internacional invertir más en ello”, concluye el representante del PNUD.

 

Producción: Laura Quiñones, María Morera Castro, Faik Uyanik, Kivanc Ozvardar.

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