24 Noviembre 2021

Nadya Zafira, ganadora del concurso de redacción de la ONU tiene claro que los jóvenes en indígenas deben participar en las conversaciones sobre el cambio climático. 

Nadya Zafira, estudiante indonesia de relaciones internacionales de la Universidad Gadjah Mada, ganó un concurso de redacción de la ONU por su carta al Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, en la que exponía las desigualdades que la pandemia de COVID-19 había puesto de manifiesto, y la marginación que sufren las comunidades indígenas y los jóvenes en las conversaciones mundiales sobre la crisis climática. Aquí publicamos la misiva.

"En los últimos dos años, mi realidad, la suya y la de muchos otros ha cambiado radicalmente. No de la noche a la mañana, sino más bien a lo largo de una serie de grandes cambios mundiales que han ido en incremento y que comenzaron con la noticia de un brote de neumonía desconocida. Aunque todos los países se enfrentan a la amenaza común de un virus mortal, ha quedado claro que la pandemia no ha sido ‘el gran igualador’. Las desigualdades profundamente arraigadas entre el Norte y el Sur Global marcan el camino de la supervivencia de cada país en esta era de crisis multidimensional, en la que algunos ganan y otros se quedan atrás.

Nadya Zafira, estudiante indonesia, ganadora del concurso de escritura, por una carta que escribió al Secretario General de la ONU
Nadya Zafira
Nadya Zafira, estudiante indonesia, ganadora del concurso de escritura, por una carta que escribió al Secretario General de la ONU

Sin embargo, la pandemia no es más que la punta del iceberg en el momento que vivimos de rápido deterioro del planeta. Las Naciones Unidas, los líderes gubernamentales, las organizaciones de la sociedad civil y los ciudadanos de a pie deben abordar una amplia gama de cuestiones: la pobreza mundial, la degradación del medio ambiente, la desigualdad de género y la inseguridad alimentaria, entre muchas otras. Centrarse en un solo tema significa olvidar las diversas contingencias y conexiones que éste tiene con el resto problemas mundiales. Por lo tanto, nos enfrentamos a la difícil pregunta: ¿por dónde empezar?

El año pasado, mi ciudad natal, Yakarta, se vio afectada por lluvias extremas y grandes inundaciones, un síntoma más del cambio climático; esto fue agravado por los enormes proyectos de infraestructuras que cubrían la metrópolis con placas de hormigón. Mientras que yo estaba sana y salva en casa, muchos no tenían la misma suerte y se veían obligados a desplazarse. Algunos perdieron documentos familiares importantes, otros sus casas e incluso a sus seres queridos y, por si fuera poco, todo ocurrió en medio de una pandemia.

Me di cuenta entonces de que, tal vez, la respuesta a esa pregunta tendría que empezar por el tema que cada uno sintiera como el más cercano.

Precisamente porque todos los jóvenes como yo nacimos en un mundo en el que las injusticias medioambientales son lo único que hemos conocido, la juventud desempeña un papel crucial en la acción climática.

Se puede y se debe hacer algo

Las conferencias hacen un buen trabajo para que las voces de los jóvenes sean escuchadas; pero es importante saber qué voces están representadas. Con una mayor diversidad de voces de los jóvenes se consigue una visión de la información mucho más profunda.

Aunque el mundo tiene su cuota justa de brillantes jóvenes activistas climáticos de origen urbano, creo que debemos dar crédito a las comunidades indígenas en sus perspectivas y prácticas alternativas de gestión de los recursos naturales. Las Naciones Unidas ya han reconocido la importancia del conocimiento tradicional indígena a través de la Declaración sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, no obstante, se puede y se debe hacer más.

Para cerrar la brecha entre la juventud indígena y el mundo, podemos empezar por incluir a los jóvenes indígenas en la mesa de debate y garantizarles que tengan acceso a plataformas de gran alcance.

Su participación no debe ser simbólica. Es necesario un cambio real y estructural. Hay que garantizar que adquieran una alfabetización básica, ya que eso les permitiría comunicarse con personas ajenas a su entorno y, así, compartir sus tan necesarias ideas.

Los programas de intercambio cultural también deberían propiciar encuentros culturales entre los jóvenes indígenas y sus homólogos urbanos para crear oportunidades de cooperación y, más aún, para dar a conocer cuestiones de justicia medioambiental como la expropiación de tierras y el desplazamiento forzoso que a menudo afectan a las comunidades indígenas y que los jóvenes de las ciudades muchas veces desconocen.

Por supuesto, los jóvenes podemos aprender de los mayores. ¡Si tan sólo estuviéramos dispuestos a escuchar!

Para terminar esta carta, me gustaría compartir algo de sabiduría popular de Mama Aleta Baun, una activista indígena indonesia que lucha por proteger sus tierras ancestrales: batu adalah tulang, air adalah darah, hutan adalah urat nadi, dan tanah adalah daging, que puede traducirse como "la piedra es el hueso; el agua, la sangre; el bosque, la vena; y la tierra, la carne".

Espero que lo haga pensar, como a mí".

 

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